Lluvia

 
Melancólica tarde de lluvia.
Parecía que me miraba
el calamar gigante
desde su vitrina del museo.
La lluvia persiste,
seductora y arrogante.
La castañera no quiere mirarme.
Me tiende su negra, pequeña mano,
                    que retira
con algunas monedas de más.

Tiene veinte años.
Y sus manos también tienen veinte años.
La puta de la estación
aún sigue ahí,
                   plantada,
esperando a que aparezcan
los hambrientos soldados de los viernes.
La lluvia marca el ritmo
chirriante de la tarde.
El café se ha enfriado
mientras miro desde el interior
de mi vitrina del museo.
La lluvia cae lenta,
machacona y agónica.

La estampa del bar
no puede ser más triste:
                 individuo solo tras la ventana”.
Bueno: solo no.
El barman sigue con la vista
a la chica del semáforo
mientras va secando copas.

El barman suspira.
                   La chica se aleja.
La lluvia se obstina.
© Lorenzo Salas

Rápida...


Rápida, un sombra pasa por su frente.
No logra saber lo que has pensado tú.
Te mira.
             Tú no.
Parece que el arcoíris ya se ha disipado.
El arcoíris y el ruiseñor azul, el quetzal y la ballena.
© Lorenzo Salas


Partiremos


 
Partiremos
con el último cañonazo del atardecer.
¿Hacia dónde? –me preguntas.
Hacia todas partes.
Hacia donde
el tiempo
se estrecha, se refunde,
se condensa, se angosta,
se reduce a la nada.
Con la mirada detrás de las velas,
en medio de un viento irresistible,
me insistes: –voy contigo.
Pero, ¿cuándo se abrirá el agujero?
No sé. Espera.
Notarás la presión gravitatoria
cuando el tiempo
empiece a coagularse.
O la falta de presión,
no sé.
                                            Espera
a que suene el último cañonazo.
© Lorenzo Salas 
 
 Michael Nyman - Molly ( "Wonderland" OST ) 
 

No quiero la piel






No quiero la piel, quiero los huesos.
Quiero cada gota de sangre,
cada víscera caliente, cada tramo de intestino,
los tuétanos viscosos, la amarga bilis,
la saliva que me unta las heridas.
Lo quiero todo menos la piel:
los globos oculares y los sesos,
los riñones y la lengua;
la marea incesante del aire que atraviesa los pulmones.
Sobre todo, eso, la respiración;
el latido lento de tu corazón en mi mano,
que en cada embolada me dice que me quiere.
© Lorenzo Salas

 

¿Y ahora qué?


Y ahora... ¿ahora qué?
Los hombres a los que se les murió el alma,
los que nacieron sin alma,
los que la perdieron en los oscuros recovecos
de la mentira y la soberbia;
las mujeres que aparecieron de repente,
riendo indecentes entre la multitud
que parecía dormida,
que parecía muerta,
que parecía tonta.
¿Dónde estarán todos ahora?
En el recuerdo de algunos.
En el recuerdo.

© Lorenzo Salas



Y así seguimos...



Y así seguimos: de eterno retorno
a las habitaciones de los sueños
donde los duelos se confunden
las nostalgias se diluyen
y las partidas se posponen.
Y así seguimos: ahuyentando
las sombras con el recuerdo
de las miradas de los niños
que envidié en la calle.
Arrastrando los trebejos inservibles,
ingenios accesorios
que parecieron la pulpa de la vida.
Porque tu cuerpo me parece
mi último destino
y allí me asiento, me encuentro
y te encuentro y todo lo demás
desaparece.
Porque en cada nuevo retorno
anidan todas las verdades
que atesoro y todo lo demás...
desaparece.
Y así seguimos: ahuyentando
todas las incertidumbres.
Y sí me fío, sí me fío
y por fin he encontrado
lo que antes recordaba
de otras vidas.
Y así seguimos... concentrando
las pobres certezas
que aún perviven.
© Lorenzo Salas



Franz Schubert, piano trio op. 100

El despertar



El despertar es
silencio. La silen-
ciosa respiración,
que ahuyenta
el silencio que no es
–que ya
no es–, me recuerda
que aún vivo.
La piel que me roza
y me calienta
se torna extraña.
Es el despertar
que me devuelve
mi propio aliento.
Es el despertar, que
me devuelve a mi
conciencia. Y ahí
al lado aún dormita
esa sombra que ya
no me excita, que no
sé si recuerda
lo mismo que yo
–que yo ya– recuerdo.
Él, que aún no ha vuelto,
que aún no sabe que yo
existo, sigue rompiendo
el silencio con
su aliento.

© Lorenzo Salas